jueves, 13 de octubre de 2011

Carta de despedida a Juan Santaella



  •  
ESCRIBÍ hace algún tiempo, querido Juan, que noviembre era el mes que escogían para morir los hombres buenos y será por dejar en evidencia la vanidad de mi afirmación o simplemente porque el azar de la muerte no suele dar explicaciones, que te has ido en octubre sin avisar, con premura y casi en silencio por el río arriba, por el mismo río de Granada donde te vi la última vez, a la puerta de mi casa, como siempre; generoso en palabras y en afectos y rodeado de tu familia que es la mejor comitiva que puede llevar un hombre bueno.

Y es que puede ocurrir, aunque cueste creerlo, que alguien se dedique a la política y además sea un hombre bueno y podría ser por eso, que me duele tanto que gente como tú se vaya, río arriba y sin despedirse. Bueno, por eso y porque, al final, nos quedamos sin tu risa, sin tus abrazos y sin tus lúcidas palabras que igual servían para analizar con mesura y acierto la situación política andaluza, que para contarme, con indisimulada ternura de abuelo, las correrías de tu nieto. Siempre con la dignidad de un hombre o de un político de otro tiempo, casi del mismo tiempo en que a mí me gustaban también aquellas cosas.

Y es que nos quedaban aún algunas charlas por echar y seguir hablando, por ejemplo, de que el poder y las luchas por conseguirlo no siempre han sido así, como hoy se ve en esta tierra que ahora es más gris sin ti.

Sin ir más lejos, acuérdate de la vieja Roma, donde en lugar de poner orden en las cosas, lo que hicieron fue ponerle nombres y al poder, lo estudiaste en la carrera, lo llamaron de tres formas. Llamaron Potestas al que emanaba del cargo que se investía oficialmente y se distinguía con signos visibles, fuese la toga purpurada de un senador o la vara del alcalde.

Llamaron Auctoritas al que emanaba del conocimiento y la experiencia, ese que no tiene la comisión de expertos que se ha inventado el alcalde de Granada para intentar justificar sus caprichos en la Alhambra y, finalmente llamaron Dignitas a un poder que venía de dentro de cada uno y que tenía que ver con la nobleza, con el honor, con la honestidad, con la lealtad y con alguna cosilla más y no debiera olvidarse, para beneficio de los que vendrán, que tú alguna vez tuviste Potestas y siempre Auctoritas, pero de lo que andabas más que sobrado era de Dignitas.

Que la tierra te sea leve.

Un abrazo.
 
Juan Cañavate |

No hay comentarios:

Publicar un comentario