miércoles, 7 de marzo de 2012

EL DARRO


LA COLUMNA

El Darro

JUAN CAÑAVATE | ACTUALIZADO 08.03.2012 - 01:00

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LA indescriptible belleza que se derrama desde la Alhambra, destila en los atardeceres tan embriagador perfume, que adormece los sentidos y traslada al turista accidental a lo más parecido a un paraíso de exóticos jardines y hermosas huríes. Esa belleza no es de este mundo y por eso, al visitante ocasional, casi drogado por el dulce elixir, le cuesta percibir otros aromas más reales del marco incomparable que, eso sí, apestan a vulgaridad como apesta el aceite rancio de una freidora. Le cuesta al turista arrebatado percibir que entre Plaza Nueva y la Cuesta del Chapiz, hay más o menos quince bares o restaurantes, cuatro o cinco hoteles, veinte o treinta negocios de apartamentos para turistas y ocho o diez tiendas de curiosos souvenirs que venden cosas tan típicas de Granada, como babuchas orientales de Nador, narguiles turcas de Mariguari o alfombras persas de Farhana. Y será también la embriaguez de los aromas, lo que le impide descubrir que los vecinos no pueden comprar el pan, ni el periódico, ni una bombilla ni un puñetero tornillo sin salir del barrio, pero se pueden poner las botas o, mejor, las babuchas, comprando té de Cachemir o lámparas de piel de cabra que son, como todos ustedes sabrán, unos productos muy típicos de Granada y muy útiles para la vida cotidiana. Tampoco podrán percibir que los primeros servicios básicos para los vecinos empiezan a aparecer tras las empinadas cuestas que conducen a la parte más alta del barrio, esa de la que las gentes dicen que hay que empezar a subirlas como un viejo, para alcanzarlas como un joven o, en su defecto, fuera de él y con un autobús que ahora el ayuntamiento ha eliminado con la tonta excusa de peatonalizar el Darro. Aunque también es probable que ese desparrame de belleza, tan amado por algunos empresarios de la ciudad, no le permita al visitante ensimismado percibir que en este barrio, cada vez hay menos gente y está más vacío y más muerto, porque la adaptación de la ciudad a los intereses económicos de algunos negocios se ha hecho a costa de los residentes, en lugar de contar con ellos. Tampoco percibirán los sosegados paseantes la cara de sorpresa que se les ha puesto a los vecinos, que llevan años luchando porque se restrinja el tráfico a los no residentes, porque se solucione el problema de la carga y descarga o porque los autobuses que van a las zambras del Sacromonte dejen de taponar sus calles, al descubrir que, tras su lucha, es ahora a ellos a los que no se les deje ni entrar ni salir del barrio con sus coches y que además les han quitado el único elemento que les unía a la ciudad, el 31 que es un autobús con número de república y que al alcalde no le gusta. Todo cocinado por un ayuntamiento que aún está a tiempo de oír a los vecinos y por una asociación que, ayer lo demostró el barrio reunido en asamblea, representa a poco más que a su junta directiva.

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